Fo’o KAMWA (Herman KAMWA) es un escritor y académico camerunés. Es profesor de ELE y titular de un Doctorado en Literatura Comparada por la Universidad de Yaundé 1 donde imparte clases de Literatura y Civilización Españolas. Es el Secretario Ejecutivo del Laboratorio de Semiología Política, de Antropología del Imaginario y de Historia de las Civilizaciones Africanas de la Universidad de Yaundé 1 y ha publicado una quincena de artículos en revistas científicas nacionales e internacionales. Escritor polígloto, sus textos aparecen en diversas revistas literarias y antologías. Ha publicado los poemarios (Noces)talgiques du (bon)soir. Le pleur du carême (2017), Hambrientos sonidos. El grito del silencio (2019), Énigmes des temps. Essences et dissonances (2023) y Escueta mano, lápiz negro (2025), además de la novela En los altavoces de mi corazón (2023). Ha sido galardonado, entre otros, con el prestigioso título internacional de Gran Premio Martial Sinda de la Poesía Francográfica 2023 en Francia por su poemario inédito Briser le sort.
Musi, el muchacho de adoquines
A nuestro hijo Ange Noé NJIENGA que nos dejó demasiado pronto.
Fo'o KAMWA
“Nos lavamos el cuerpo, no el destino”, repite un viejo loco desde hace varios años en la encrucijada principal del barrio Etam-Bafia como si fuera el recado del espíritu que había confiscado su ser y su parecer. Los que pasan por allí por primera vez siempre se extrañan al escucharlo, pero las poblaciones de Etam-Bafia miden con mucho serio el sentido profundo de esta declaración. La localidad había regalado al mundo uno de sus mejores tesoros y había aprendido que ni la lluvia amarga ni el sol violento ni el camino lodoso pueden arrebatarle al peregrino las ganas de avanzar para cumplir sus objetivos.
El crepúsculo no había mostrado la cara de la tarde cuando Musi regresó a la pequeña casa donde vivía con su tía y sus primos, en el medio de Etam-Bafia, este barrio popular de Yaúnde reconocido por su promiscuidad y su delincuencia. En sus ojos, podía leerse una profunda desolación y la ausencia de rumbo. Estaba perdido en la tormenta interna que consumía su existencia. La desagradable sorpresa de los resultados del examen de fin del primer ciclo de la educación secundaria había desencadenado la rabia de su tía. Por segunda vez, un “no apto” lapidario liquidó meses de esfuerzo. La vergüenza le quemaba el pecho con un ardor físico. Se sentía expuesto frente a una sociedad donde el fracaso de un huérfano era percibido como una inevitable profecía.
Huyendo los gritos rabiosos de la tía y las humillaciones de sus primos, se refugió un momento detrás de la casa. Él mismo sentía una rabia sorda y sofocante, pero no del todo dirigida hacia sí mismo, pues, sabía perfectamente que ese resultado no reflejaba su capacidad, sino su agotamiento. La injusticia le carcomía las entrañas al recordar las madrugadas fregando platos y ollas, el barro en sus manos tras limpiar el suelo. Musi apoyaba la espalda contra la pared de adobe de la casa y fijaba la mirada en su joven papayero que se alzaba a pocos metros. Sus ramas incipientes apenas sostenían las primeras frutas verdes, pero para el adolescente de diecisiete años, ese arbusto era el único testigo silencioso de su dolor y el único punto que lo conectaba con lo que alguna vez fue su hogar. Acariciaba con la vista las hojas del papayero buscando la fuerza necesaria para no rendirse del todo en la terquedad de ese arbusto que lograba dar fruta en un patio hostil y contaminado. Le parecía respirar, por unos segundos, el aire puro de su pueblo Demgo donde la naturaleza regalaba frutos sin exigir sacrificios desmedidos y donde la vida fluía con la generosidad de la tierra. Pensó en su difunta madre y en su promesa de conseguir el éxito en la vida.
Musi regresó al interior de casa desanimado. Sin un ápice de compasión, la tía arrojó las pocas pertenencias del joven huérfano a la tierra lodosa del patio entre gritos e insultos rabiosos. Fue empujado violentamente hacia la calle de tal forma que, retrocediendo a ciegas, cayó en el cubo de basuras, provocando la ruidosa carcajada de sus aborrecibles primos. El drama de su nuevo fracaso le había quitado cualquier intento de reacción y todas las fuerzas hasta tal punto que se quedó sentado en la basura como un loco. Su tía le escupió a la cara que era un parásito desagradecido, una carga inútil condenada a fracasar en todo lo que hiciera, antes de cerrarle la puerta de un portazo definitivo.
Despojado de todo y sin socorro, Musi vagó sin rumbo por las calles de Etam-Bafia y de los barrios circundantes. En la casa de su tía, no tenía ni el amor ni el calor familiar esperados, pero no faltaba un trocito de pan para burlarse del hambre. La necesidad inmediata de alimento lo arrastró a los vertederos. De basurero, bajo un sol inclemente y entre los olores sofocantes, recolectaba botellas plásticas y metales abandonados para venderlos por sumas miserables a intermediarios locales. Su refugio terminó siendo una precaria cabaña de maderas rotas a la orilla de un pantano de Etam-Bafia. Se metió allí por primera vez huyendo las mordeduras del sol, pero ese rincón insalubre pasó a ser su domicilio entre el fango y el abandono.
Un día, durante una entrega rutinaria de materiales recuperados, se produjo el descubrimiento que iba a cambiar el rumbo de su vida: una ONG extranjera organizó una sesión de sensibilización al aire libre sobre la gestión de residuos. Las palabras del equipo calaron hondo en Musi: “La basura no es un desperdicio sin valor, sino una materia prima capaz de regenerar la naturaleza y generar riqueza”. En ese instante, su inteligencia latente y sus recuerdos de la generosidad natural de Demgo se conectaron. Comprendió que el pantano que lo rodeaba no era una tumba para sus aspiraciones, sino una mina de recursos. Asimismo, comprendió que él mismo no era un parásito desagradecido o una carga inútil como se lo hizo creer desde que perdió a su madre. Era una persona normal capaz de salirse de los apuros del abandono y de la miseria.
Desde aquel día, Musi pasó a ser un verdadero alquimista. Las ideas brotaban de su espíritu como brotan las malas hierbas en la estación de lluvias. Convirtió los alrededores de su cabaña en un espacio de experimentación. Investigó la densidad de los plásticos, probó mezclas fundidas con arena del pantano y diseñó moldes artesanales para fabricar adoquines ecológicos. La técnica le permitía retirar toneladas de plástico del medio ambiente y transformarlo en un material de construcción ultra resistente para pavimentar las calles embarradas del barrio.
Antes de alcanzar la fórmula de sus adoquines ecológicos, Musi tuvo que enfrentarse con la mirada despectiva de una sociedad enferma. Sus primos, sus antiguos compañeros, los conocidos y sobre todo los que consideraba como sus verdaderos amigos pasaban cerca del pantano para burlarse de él, llamándolo “el loco” o "el pobre basurero". Para los más crueles, era "el cubo del infierno" y su destino era pudrirse entre los desperdicios. Afortunadamente, Musi supo transformar su infierno en paraíso. Se arregló para sembrar verduras y una inmensa variedad de flores alrededor de su taller donde yacían montañas de residuos categorizados. El desprecio actuó como combustible. Musi trabajaba jornadas aún más largas, perfeccionando la solidez de cada bloque.
En Etam-Bafia, la materia prima abundaba de forma inagotable. La acumulación masiva de plásticos le permitió escalar la producción a un ritmo vertiginoso. Pronto, los primeros vecinos comenzaron a comprar sus adoquines para proteger las entradas de sus casas de las inundaciones. Él mismo los usó para mejorar el entorno de su cabaña y su espacio de trabajo. El éxito fue tal que el tránsito por el barrio mejoró considerablemente, llamando la atención de un periodista y luego de las autoridades municipales y redes de ONG ambientalistas.
El propio alcalde de la localidad, impresionado por la transformación del paisaje urbano y la limpieza del pantano, visitó su taller improvisado. Lo que observó lo impresionó de tal forma que lo invitó a su despacho para explorar las posibilidades de colaboración y cooperación, con el propósito de llevar la experiencia a una escala superior. Con efecto inmediato, firmó un contrato para el uso de adoquines ecológicos para resolver la sempiterna problemática de las callejuelas embarradas de Etam-Bafia. El alcalde vio en ello una oportunidad para las venideras elecciones: las callejuelas ecológicas en el medio del barrio popular eran el camino perfecto hacia su reelección, sin tener que pasar por los chanchullos habituales.
El nuevo contrato transformó radicalmente la vida de Musi. Obtuvo la autorización de ocupar legalmente el pantano y mejorar su taller con un estatuto oficial. Reclutó a un grupo de jóvenes desheredados. Con sus adoquines, regresó a casa de su tía y pavimentó todo el patio. No quiso volver a comentar los dolorosos episodios del pasado, pero aceptó reanudar con la paz familiar.
El impacto social y ecológico de la iniciativa de Musi llevó a una de las organizaciones internacionales a otorgarle una beca para recibir formación técnica especializada en reciclaje avanzado y gestión industrial de residuos. Con esta beca, Musi iba a dejar el fango de Etam-Bafia no como el huérfano derrotado que su tía expulsó como un estorbo inservible, sino como un joven innovador con misión de regresar a su tierra para liderar una revolución ecológica a gran escala. Desgraciadamente, este viaje nunca tuvo lugar. Una maldita enfermedad se apoderó del organismo de Musi de manera inesperada.
El progreso en el fango exige un tributo invisible. Sin mascarillas ni extractores, Musi respiraba día tras día los vapores tóxicos que emanaban del plástico fundido. Mientras sus manos moldeaban el futuro, sus pulmones acumulaban en silencio un hollín químico e implacable. Los primeros síntomas llegaron camuflados de cansancio. Musi sentía una opresión constante en el pecho, una tos seca que fracturaba sus noches y una fatiga que ahogaba su aliento. La enfermedad mostró su rostro más cruel cuando la vida le abría las puertas del mundo. El destino no esperó al viaje. Días antes de su partida, el cuerpo de Musi colapsó. En su pequeña habitación de Etam-Bafia, rodeado de prototipos de adoquines de distintos colores y la documentación del viaje arreglada, sin ningún auxilio, la insuficiencia respiratoria sofocó sus últimos alientos. Su muerte no sólo quebró el corazón de Etam-Bafia, sino que provocó un latigazo de culpa y duelo colectivo en toda la municipalidad.
El dolor por la pérdida de Musi rápidamente trascendió las fronteras de su comunidad para convertirse en una poderosa bandera ecológica y social. Su funeral congregó a autoridades, activistas, vecinos y jóvenes de todo el país, transformando el llanto en un compromiso inequívoco contra la contaminación y la precariedad laboral. Musi pasó de ser el "muchacho de adoquines" a la figura emblemática de la conciencia ambiental nacional.
Para garantizar que su fuego no se apagara en el barro donde nació, la organización internacional rindió homenaje a su memoria perpetuando la "Musi Green Scholarship". Esta beca anual financia desde entonces la formación y los proyectos de jóvenes talentos que, como Musi, buscan sanar la tierra desde iniciativas ecológicas comunitarias. Los adoquines que Musi moldeó siguen firmes en los caminos de Etam-Bafia, pero su legado más perdurable camina en cada joven que levanta la voz y las manos por un planeta respirable, llevando consigo el nombre del huérfano que enseñó a toda una nación a transformar ceniza en futuro.

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